La obsesión espiritual nace de la sintonía entre hábitos, pensamientos y elecciones. Más que combatir al otro, es necesario transformarse a uno mismo con conciencia, disciplina y amor.
Entre vicios y afinidades: cómo nace la obsesión espiritual

La obsesión espiritual es una de las mayores enfermedades de la actualidad y no tiene cura mediante la medicina física.
Aunque nos ampara la benevolencia de los instructores y guías espirituales, que nos perdonan un pasado menos digno, no podemos ignorar nuestras propias debilidades. Por eso, muchas veces nos vemos llevados a solicitar nuevas reencarnaciones, difíciles y provechosas, que nos ayuden a reeducarnos y nos acerquen a la redención necesaria durante nuestro paso por la Tierra.
Considerada el mal del siglo, la obsesión es, sin duda, uno de los temas más debatidos en las casas espíritas y umbandistas. Aun así, se comprenden poco los misterios que rodean al espíritu obsesor y a la persona que sufre su influencia, lo que dificulta tanto el tratamiento de la entidad obsesora como la orientación adecuada del encarnado que se siente perjudicado.
La mayoría de las veces, el encarnado que sufre esta influencia no colabora con su propio tratamiento. Por el contrario, ofrece al obsesor los medios necesarios para que permanezca, creando un vínculo que alimenta vicios, deseos y pasiones.
Los hilos invisibles que unen al opresor con la víctima están formados por nuestros errores, debilidades morales e imperfecciones que todavía cultivamos en nuestro interior.
Diversos estudiosos, filósofos y espiritualistas definen la obsesión como una idea fija, una persecución o incluso un proyecto de venganza vinculado a errores del pasado.
Sin embargo, estudios más recientes permiten comprenderla como una verdadera simbiosis espiritual: una asociación de tendencias, hábitos y afinidades entre dos partes que se conectan por lo que comparten en el campo vibracional.
Un antiguo proverbio dice: «nada podrá sucederte si tú no quieres». Esto nos lleva a reflexionar que, de alguna forma, proporcionamos los medios para que actúe el obsesor, principalmente a través de nuestras deficiencias morales, que se reflejan en nuestra aura.
El obsesor, por su parte, es un alma enferma, muchas veces herida, que también necesita tratamiento espiritual. Y la mejor forma de ayudarla es a través del amor. El desprecio, la indiferencia o el rechazo solo intensifican el odio y el sufrimiento del espíritu implicado.
La obsesión no ocurre solo entre desencarnados y encarnados. Puede darse entre desencarnados, entre encarnados o en cualquier relación en la que exista un intercambio energético continuo.
Cuando ofrecemos al otro lo peor que tenemos, invadimos su campo y nos apartamos de la enseñanza de Jesús: ser la sal de la tierra, ofreciendo siempre lo mejor de nosotros.
El proceso obsesivo comienza de forma sutil, casi imperceptible, con pequeñas sugerencias en el campo mental. Con el tiempo, estas influencias se intensifican, hasta dominar los pensamientos y las emociones.
Hay señales claras de que alguien puede estar entrando en un proceso obsesivo:
- impaciencia e irritación constantes
- traslado de responsabilidades a los demás
- huida de la realidad a través de vicios (juego, alcohol, drogas, sexo descontrolado)
- sensación constante de sobrecarga
- pereza, desánimo y melancolía
- maledicencia, envidia, celos y corrupción
- orgullo, egoísmo, vanidad y arrogancia
- avaricia
- actitudes de violencia, ya sea física, verbal o mental
En las casas de Umbanda, el tratamiento debe desarrollarse en dos frentes.
El primero está dirigido a los encarnados, que necesitan reconocer la necesidad de cambiar de hábitos, cultivar la oración y el recogimiento, y abandonar todo aquello que atrae energías inferiores.
El segundo está dirigido a los desencarnados, permitiendo su manifestación para orientarlos, instruirlos en la doctrina y encaminarlos con amor, comprensión y conciencia de sus errores.
Pai Francisco da Guiné, en sus manifestaciones, ya ha ayudado a sanar muchos casos. Y siempre ha dejado una enseñanza clara: «ve y no vuelvas a equivocarte».
Esto revela que, muchas veces, el proceso obsesivo está ligado a acciones pasadas, y reincidir en el error puede agravar aún más la situación espiritual.
Por eso, después de cualquier proceso de sanación, es esencial mantener la vigilancia, la disciplina y el compromiso con el bien.
Vivimos tiempos en los que los vicios, los excesos, la corrupción y los desequilibrios se han vuelto comunes, incluso dentro de espacios que deberían ser sagrados.
Ante esto, nos corresponde a nosotros, los umbandistas, mantenernos firmes, conscientes y preparados para esta lucha constante, que no es contra las personas, sino contra patrones vibracionales inferiores.
La transformación empieza en cada uno de nosotros.
Ilê Axé Luz de Odara
Jacareí (SP) y Heliodora (MG)







